Augusto pensaba y las horas pasaban. ¿Cuánto tiempo había pasado? ¿Cuántos besos le habría dado? ¿Cuántas caricias le habría hecho? ¿Cuántas veces le habría podido decir lo hermosa que estaba? El lo sabía; 96 días sin ella; miles y miles de besos y caricias; cien veces por día no hubiesen alcanzado, con lo bella que era. Augusto necesita uno de esos besos imposibles, a cada segundo que pasa un poco más. Augusto la extraña y a medida que los días pasan ya no sabe hacer otra cosa más que eso; extrañarla.
La extraña por la mañana, se acuerdo cuando despertaba y era feliz de verla dormida a su lado, se levantaba y se iba sin hacer ruido, para que no se despierte, pero siempre dándole un beso de despedida. La extraña por la tardes, las que ahora pasa solo, acostado como el resto del día, las que antes disfrutaba tanto porque llegaba a su casa y se encontraba con ella, que lo esperaba con el mate, la sonrisa esa que más le gustaba y el mejor beso del día.
Augusto la extraña en las noches, que hasta su partida eran todas de amor. La extraña más que nunca, la llora como nunca. Extraña su cuerpo y su olor, su piel y sus besos, su amor puro, su calor. La extraña a ella, su Helena, extraña a su amor, a su vida; la llora y la desea, sueña con un día más con ella para contarle y cantarle todo su amor. Para llenarle el cuerpo de besos, verla desnuda por última vez, temblar y arder al mismo tiempo abrazarla eternamente.
Augusto no sabe que más hacer para seguir viviendo sin Helena. Desde el día que ese mal se la llevó no quiere más nada, exepto a ella de vuelta.
Augusto la besa en sueños, cuando logra dormir, y así recupera fuerzas y sigue viviendo. Su vida se redujo a llantos; la siente, la escucha, la espera y -otra vez- sueña...
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